— Publicado en Infobae —

El último tramo para recorrer antes de llegar a Tuvalu empieza en las islas Fiyi. Dos horas y media separan ambos países, en un avión con capacidad para pocos pasajeros. Los vuelos son dos veces por semana, aunque las tareas de mantenimiento y el clima pueden espaciar los viajes unos días más. El destino final es el Aeropuerto Internacional Funafuti, en la capital del archipiélago polinesio del Pacífico Sur: una línea de asfalto en un camino de tierra.

La cineasta francesa Gilliane Le Gallic llegó a Tuvalu para codirigir el documental Nuages au Paradis (Nubes en el Paraíso), en 2003. Integrado por nueve atolones de un total de 26 kilómetros cuadrados, de hasta cinco metros de altura sobre el nivel del mar, el archipiélago va camino a convertirse en una futura Atlántida: según diversos estudios científicos, es la primera nación amenazada con desaparecer bajo el agua.

En la década que siguió a su visita, la también activista por el medio ambiente vivió seis meses al año en Tuvalu, como una más de la comunidad de unas once mil personas.

Penieli Metia –o Penny, como le dicen– nació en Nukulaelae, uno de los nueve atolones de 1,82 kilómetros cuadrados de superficie y un poco más de 300 habitantes, donde vive todavía su familia. A los 60 años, es director gerente del Filamona Lodge, un hotel ubicado en Funafuti, que los usuarios de las guías turísticas online destacan como un lugar «simple, pero limpio» y con un personal «muy amable».

Le Gallic y Metia, amigos entre ellos, contaron a Infobae los cambios que vieron en los últimos tiempos y que inexorablemente afectan a las islas de Tuvalu y su gente.

Los alimentos llegan a Nukulaelae en barco desde la capital, una vez cada dos semanas, dice Penny. Lo que antes era de producción local ahora debe ser importado, como el taró –base de la gastronomía en las islas del Pacífico– de Fiyi. El arroz importado les ganó a los cultivos tradicionales inhabilitados por el agua salina que remonta el suelo, y los cocoteros dan frutos más chicos que de costumbre y sin sabor. El cambio de dieta trastorna la salud y la dinámica de familia:

–Comer juntos era un momento importante, especialmente para la cena. Era el momento que esperábamos para compartir platos ricos y variados. Ya no más.

En Tuvalu, las temporadas son de muchas lluvias o ninguna. Cambiaron los materiales de los techados, dice Penny: de paja pasaron a ser de chapa para recolectar un mayor volumen de agua y anticiparse a las épocas de sequía, que se alargaron hasta seis meses. En tiempos de escasez, el racionamiento es de 20 litros por día y familia. En otros momentos, las lluvias son torrenciales y el agua que sube hasta la rodilla inhabilita el paso de un lado de la pista de aterrizaje al otro. Los ciclones son más frecuentes.

En 2003, a la vuelta de rodar el documental Nuages au Paradis, Le Gallic dio inicio a otro proyecto: Small is Beautiful. El nombre parece un homenaje al bestseller de los 70 sobre el crecimiento económico a toda costa. El libro de Ernst Friedrich Schumacher tiene «obviamente» –dice– un lugar en su biblioteca, aunque la idea le vino por otro lado: «pequeño» es por el tamaño del archipiélago y «hermoso» es porque la nación insular se vuelva un modelo sustentable para reproducir en cualquier parte del mundo.

–Ayudar a la gente de Tuvalu no fue el único objetivo. Era un vector de comunicación. Yo soy una comunicadora, y Tuvalu, un símbolo.

Small is Beautiful es un plan de diez años para lograr la autosuficiencia energética. Se implementó desde la organización AlofaTuvalu, que Le Gallic fundó en 2005. Entre otros proyectos, se puso especial énfasis en el de «gasificación de la biomasa». Se trata de un proceso termoquímico en el que la materia orgánica es transformada en un gas combustible. En concreto, la gente de Tuvalu aprendió, con científicos e ingenieros, a hacer de los desechos –en este caso, la materia fecal de cerdo– una fuente energética. Los talleres de capacitación siguen hasta el momento.

Desde Alofa Tulavu, emprendieron también un inventario del fondo marino en un proyecto llamado Tuvalu Marine Life, que tomó seis años de trabajo; y un comic destinado a los niños sobre el medio ambiente: À l’eau la Terre! (¡Tierra al agua!), que tuvo una tirada de al menos 500.000 ejemplares en Francia y fue traducido a 12 idiomas, además del francés y del dialecto de Tuvalu. Un éxito.

En los inicios de Alofa Tuvalu, los fondos no fueron difíciles de conseguir. Le Gallic tenía alguna notoriedad que hacer valer: en 1990, el Día de la Tierra –iniciado 20 años antes por Denis Hayes en los Estados Unidos– se hizo internacional, y ella es quien lo impulsó en Francia. El evento fue masivo y el nombre de la activista quedó resonando en las instituciones afines al medio ambiente.

Con el paso del tiempo, el esfuerzo constante para renovar el apoyo económico y los laberintos burocráticos de la ayuda internacional participaron en el desgaste. Aunque el golpe más grande se lo dieron los mismos cambios que en un primer momento le habían inspirado Small is Beautiful y que, paso a paso, vuelven el archipiélago inhabitable. La activista pide disculpas por hablar con el tono derrotista de quien estuvo mucho tiempo en el frente y dejó de ver un futuro posible:

–No sabía lo que me esperaba. No tengo más ganas.

La activista dejó unos meses atrás de viajar a Tuvalu y busca ahora una casa en Bretaña, en el noroeste de Francia, con un lote de tierra. La quiere con vistas al mar, pero no con «los pies en el agua», como dicen las inmobiliarias para promocionar las viviendas que más se acercan a la costa. Le Gallic ya no puede ignorar los cambios que se vienen ni desconocer esa sensación en las tripas, la misma de cuando deja Tuvalu y desde la ventanilla del avión mira Funafuti alejarse:

–De repente me doy cuenta de que estuve ahí, en esa lengua de tierra microscópica. Parece imposible vivir en un lugar tan chico y expuesto a tantos riesgos. Uno tiene miedo en retrospectiva.

Cuando desaparezca el territorio o se vuelva inhabitable, ¿qué pasará con la nación de Tuvalu? El desasosiego se instaló en el archipiélago. Muchos tienen la mirada puesta en el exterior y no son suficientes los que permanecen para cuidar de la comunidad, mantener viva su cultura. La vida no es la misma de antes, dice Penieli Metia, quien también piensa irse:

–Sí, pero no tan pronto. Cuando esté listo para mudarme.

Todo parece un largo camino que lo llevará a despedirse del archipiélago en el que nació.