— Publicado en la revista tema (uno) — 

Este es un paseo improbable que sólo se puede hacer con la tecnología más avanzada. Destino: lo infinitamente pequeño dentro del cuerpo humano. Ahí existen mundos invisibles a los ojos de la mayoría, aunque no para algunos científicos.

El Instituto de Investigación en Biomedicina de Buenos Aires (IBioBA) funciona dentro del Polo Científico Tecnológico de Palermo. Ocupa los dos últimos pisos de un edificio en las calles Godoy Cruz y Paraguay. De afuera, se ve una nave de formas geométricas sencillas color blanco. En un lateral el nombre GIOL, gravado en el cemento, remite a una antigua bodega mendocina que un siglo atrás fue la más grande del mundo. Ahora, en lugar de vino, se hace ciencia. Este instituto es el único socio latinoamericano de la Sociedad Max Planck  –una prestigiosa organización de investigación científica alemana– y cuenta con las últimas tecnologías. Los que investigan ahí se reparten en diferentes áreas con nombres que sólo le hablan a los científicos: Modelado Molecular y Bioinformática es uno; Neurociencia es otro; Plasticidad Celular es el tercero y finalmente el cuarto, llamado Targeting Molecular. En esta área trabajan Sergio Senin, personal de apoyo del CONICET –ente del cual depende el IBioBA–, y las doctoras Susana Silberstein y Ana Clara Liberman.

— En biología molecular, nos interesa lo que pasa dentro de la célula –dice Senin.
— ¿Y qué podría pasar ahí dentro?
— Esto es como si fuera un partido de fútbol. Puede fallar el delantero. Puede entrar un jugador que no se esperaba, que otro esté papando moscas en vez de hacer lo que debería o que el pasto esté en mal estado –dice la doctora Silberstein que lleva el pelo suelto, los anteojos colgados del cuello y una camisa floreada en lugar de guardapolvo. En el proyecto que ella lidera, se investigan moléculas en relación a los desordenes afectivos, como la ansiedad y la depresión.

Para ingresar en el edificio, hay que tener habilitación y traspasar a través de unos molinetes. Luego están los ascensores. En el tercer piso, empieza la visita por lo que llaman el Cuarto de Cultivo. Para no contaminar el espacio, hay que mirarlo desde atrás de una puerta semividriada. Adentro, no hay nadie –salvo por una investigadora que recién salió–, pero dicen que en otros momentos del día, “hierve”.

— La idea de llamar a ese gran aérea Targeting Molecular es la identificación de blancos que puedan ser farmacológicamente atacables, ya sea para realzar su actividad o para inhibirla –dice la doctora Silberstein.

Ahí se juega con las células: les dan un golpe de calor, una hormona, un ansiolítico o cualquier otro estímulo para ver cómo responden.

De un lado del cuarto, están las incubadoras que reproducen condiciones parecidas a las del cuerpo humano: sirven para que crezcan los cultivos celulares. Del otro, están las cabinas de flujo laminar, también llamadas campanas, con un sistema de ventilación inteligente para conservar limpio el ambiente. Ahí se juega con las células: les dan un golpe de calor, una hormona, un ansiolítico o cualquier otro estímulo para ver cómo responden.

— ¡Hermosa! –dice Liberman, apenas abre la puerta un cuarto por donde sigue el recorrido. Adentro, ocupando casi todo el espacio, un microscopio grandote y ultra moderno está conectado a una pantalla. Lo llaman Confocal.

La doctora se maravilla por la imagen de unas esferas azules y verdes aglutinadas sobre un fondo negro. Se trata de una célula madre con el núcleo de un color y el espacio que lo rodea –el citoplasma– teñido de otro. Las células madre son ciencia pura pero tienen algo mágico en cómo se desarrollan: son capaces de convertirse en cualquier tipo de células en el organismo. Pueden acabar siendo hueso, piel, músculo.

— ¿Qué significa que una célula sea hermosa? ¿Qué se siente?
— Es la misma emoción que genera el resultado de un experimento –dice Silberstein–. A uno le produce una sensación de completitud haber llegado a algo. Es imposible de describir.

El Confocal no es un microscopio como los que uno conoce, que ponen en foco una parte de un preparado: éste penetra la muestra con láser y la registra en toda su profundidad. Gracias a esa multitud de planos, se reconstruye una imagen tridimensional. Una imagen “hermosa”. Además, tiene un módulo en el que se pueden controlar temperaturas y gases, para ponerle células vivas adentro. La gracia, según la doctora Liberman, consiste en que se les puede dar un estímulo y ver lo que pasaen tiempo real.

Gracias a esa multitud de planos, se reconstruye una imagen tridimensional. Una imagen “hermosa”.

— Es el sueño de todo investigador, ¿no?
— De muchos ­–dice Silberstein–. Es más, si yo pudiera arriesgar algo, creo que la nueva tecnología de la década del 2010, descansa fundamentalmente en las reconstrucciones que se pueden hacer a partir de las señales de imágenes.

Además de los cuartos para microscopios y los de cultivo, el instituto tiene muchas otras salas con usos específicos. En una de ellas, por ejemplo, se conservan células en tanques de nitrógeno, a muy bajas temperaturas. Algunas remontan a “épocas históricas del laboratorio” –dice Sergio Senin– como si fuera una especie de archivo biológico. De ahí sólo se pueden sacar muestras con guantes y escafandras, para llevarlas en hielo y con mucho cuidado hasta el Cuarto de Cultivo.

Formas viejas de trabajo conviven con las nuevas. En el caso de los aparatos más sofisticados –el Confocal es uno de ellos–, los investigadores no pueden solos.

— La máquina, la vamos poniendo a punto –así le decimos nosotros– entre la pregunta a la que uno quiere contestar, la tecnología disponible y la persona que puede hacer el enlace –explica Silberstein.

Esa persona-enlace debe saber de ciencia –en el IBioBA, tiene formación en Física y Bioquímica– para entender cuál es el desafío y, junto con el investigador que lo planteó, ver cómo resolverlo. A su vez, los científicos van entendiendo cómo manejar el equipo, a partir de lo que el otro les enseña, y piden otras prestaciones.

Uno está limitado en la imaginación por la limitación que la tecnología le pone. Ahí es donde empieza también el trabajo multidisciplinario.

— ¿El avance tecnológico es para bien en su trabajo?
— Siempre es una mejora –dice Liberman.
— Absolutamente –dice Silberstein–. Si uno no dispone de una tecnología que vaya más adelante, queda limitado a la pregunta. Uno está limitado en la imaginación por la limitación que la tecnología le pone. Ahí es donde empieza también el trabajo multidisciplinario. Tenemos colaboraciones que se dedican a la nanotecnología. Sacan imágenes a partir de cosas muy pequeñas. Van un poquito más allá de lo que podemos nosotros. Imagínate con la cantidad de moléculas que hay en una célula, llegar a construir la imagen de una molécula sola… es poderosísimo. Surgen nuevas preguntas todo el tiempo.

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