— Publicado en Infobae 

A una semana de la respuesta que Londres y París acordaron ante la creciente llegada de migrantes al norte de Francia, Infobae habló sobre lo que vive en la ciudad de Calais el voluntario Georges Gilles, de la asociación Salam, que trabaja día a día en el campo donde se hacinan los exiliados, junto con la doctora en Ciencias Políticas Catherine Wihtol de Wenden, especialista en migraciones internacionales.

En lo que era un antiguo basural, a unos ocho kilómetros del centro de Calais, en el norte de Francia, viven entre 2.000 y 3.000 migrantes que el canal de la Mancha separa del asilo británico. A ese lugar lo llaman «new jungle» o «nueva jungla». Son 15 hectáreas de arena, salpicadas de arbustos y charcos de agua estancada, que el calor de agosto transforma en criaderos de mosquitos y ratas. De un lado, transitan los camiones que van hasta el puerto, en dirección a Inglaterra. La carretera está protegida por una valla de cuatro metros de altura y alambres de púa, que el gobierno de David Cameron pagó 15 millones de euros. La ciudad es portuaria, pero desde ahí no se ve el mar, sólo carpas y chozas armadas con rejuntes de madera y techos de lona de plástico azul o negro que en verano se calientan en exceso. Hay tres puntos de agua potable y no hay luz eléctrica. El lugar para los desechos es entre casa y casa.

«Es miserable. No podrías creer que estás en Francia», dice Georges Gilles.

Gilles es coordinador voluntario en Salam, una de las primeras asociaciones en conformarse para ayudar a los migrantes en Calais. Es también originario de Bélgica, donde vivió la mayor parte de su vida hasta mudarse al norte de Francia. Decidió jubilarse antes de tiempo para seguirle el paso a Claudine, su esposa desde hace 42 años, en el mundo de las ONG.

«Prefería servir para algo que seguir trabajando para una empresa comercial», explica el hombre, que hizo toda su carrera en la logística.

New Jungle, la «nueva jungla»

La «nueva jungla» se radicó donde quería el gobierno de la ciudad –de signo conservador–,en las cercanías de Jules Ferry. Se trata de un ex centro de actividades para niños, ahora centro de día para migrantes, cofinanciado entre Francia y la Unión Europea.

Abrió parcialmente en enero de 2015 y quedó oficialmente inaugurado en abril para atender las necesidades básicas de 1.500 personas: duchas, sanitarios, lavandería, enchufes para cargar teléfonos y una comida por día. El centro tiene camas para 100 mujeres y niños.
Jules Ferry funciona, dice Gilles, a la manera de «un cuartel» que nada tiene que ver con las condiciones de vida en la jungla.

— Eligieron (los del Gobierno) un lugar en la periferia de Calais para sacar a los migrantes del centro. Y ahora, esto es una villa –dice Gilles.
— ¿Lograron su meta?
— Absolutamente. El único momento en el que todavía se los puede ver es a la tarde, después de comer. Atraviesan la ciudad hasta la entrada del túnel. Son varios cientos. Van a probar suerte.

Salam se dedicó a la preparación y distribución de comidas –1,5 millones de viandas en una década– hasta que el gobierno de la ciudad tomó una serie de medidas que incluyeron encargar la producción de alimentos para el centro de día a una cocina industrial, prohibir el reparto de comidas en Calais y vedar el acceso al local que la ONG tenía en el casco viejo.

Salam pasó entonces a ocuparse exclusivamente de la distribución de comidas en Jules Ferry a la tarde, junto con la asociación L’Auberge des migrants (‘El albergue de los migrantes’), y en la «nueva jungla» a la mañana.

«Perdimos dos tercios de nuestros voluntarios. No es lo mismo juntarse alrededor de una mesa a pelar papas que estar en contacto directo con los migrantes, en un clima a veces agitado, incluso violento», explica Gilles.

Si le dicen «nueva» es que otra jungla existió antes que ésta

En 1999, en un galpón del grupo Eurotúnel confiscado por el Estado, abrió Sangatte en la ciudad del mismo nombre, lindera con Calais. El centro administrado por la Cruz Roja, con capacidad máxima para 800 migrantes, no tardó en recibir más del doble –kosovares, kurdos iraquíes y afganos– sin adaptar la infraestructura.

En 2002, el entonces ministro del Interior Nicolás Sarkozy y su homologo británico David Blunketta cordaron el cierre de Sangatte para diciembre del mismo año y la destrucción del galpón. Además, resolvieron qué hacer con los ilegales. La mayoría entró en Inglaterra con un permiso de trabajo, otros pocos permanecieron en Francia.

De ahí en adelante, la calle fue el único lugar donde estar para los migrantes. Se reagruparon en varios puntos de la ciudad. El asentamiento más grande –de hasta 800 personas– estaba ubicado en un bosque de suelo arenoso próximo a la zona portuaria. Fue bautizado «la jungla» por los afganos que vivían ahí.

En septiembre de 2009, la jungla fue desmantelada en un operativo ultramediatizado dirigido por el ex ministro de inmigración Éric Besson. 500 policías fueron movilizados, casi 300 migrantes fueron detenidos (y puestos de nuevo en libertad a los pocos días) y las palas mecánicas dejaron la tierra arrasada.

A finales de mayo de 2014, unos 650 inmigrantes fueron desalojados de tres sectores distintos en Calais y, a principios de julio, otros 320. En los primeros meses de 2015, los que quedaban instalados en los predios de Tioxide, una fábrica de pigmentos de dióxido de titanio, tuvieron para elegir entre Jules Ferry o que interviniera la policía.

Salvo tres lugares que un puñado de migrantes, principalmente sirios, se resisten a dejar –el pórtico de una iglesia, la parte delantera de un galpón y una casa tomada–, el centro de Calais no tiene más migrantes a la vista. El único destino autorizado es la «new jungle», a la que algunos le dicen, también, «Sangatte a cielo abierto».

Las políticas continentales sobre migración

— Aunque haya fracasado en repetidas ocasiones, la política europea sigue sin cambiar ante la llegada de migrantes, ¿por qué?
— La cuestión migratoria es tratada como si fuera de seguridad. De hecho, el modelo actual de gobernación europea es parte del pilar número 1, «Justicia y asuntos internos». Y los asuntos internos son materia de seguridad –dice Catherine Wihtol de Wenden, doctora en Ciencias Políticas y directora de investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS).

«No se busca tener una buena política migratoria, se intenta satisfacer la opinión pública a corto plazo»

La especialista en inmigración agrega que no se busca tener «una buena política migratoria» que responda a objetivos demográficos, económicos y de derechos humanos. Se intenta «satisfacer la opinión pública a corto plazo», en un contexto de fuerte puja con los partidos de extrema derecha.

En las elecciones europeas de 2014, el ultraderechista Frente Nacional (FN) arrasó con el 31,75 por ciento de los votos en Calais y el 38,87 por ciento en el departamento donde la ciudad está ubicada. La victoria estuvo muy por encima de los resultados a nivel nacional, donde la retórica de Marine Le Pen ganó el 24,85 por ciento de los votos y se impuso por cuatro puntos sobre el conservador Unión por un Movimiento Popular (UMP) y por diez sobre el Partido Socialista (PS).

Del otro lado del canal de la Mancha, el que logró hacer historia fue el eurofóbico Partido para la Independencia del Reino Unido (Ukip) de Nigel Farage, con el 27,5 por ciento de los votos.

«Al final, la respuesta política se asemeja a una guerra contra los flujos migratorios, con miles de muertos a las puertas de Europa», dice Wihtol de Wenden.

El perfil de los migrantes fue cambiando al ritmo de los conflictos en el mundo. La mayoría de los que llegaron a Calais en estos últimos meses es originaria del llamado Cuerno de África, Eritrea y Somalia en particular. Otros vienen de Siria o Afganistán. Son parte de las 225.000 personas que entre enero y agosto de este año alcanzaron Europa por el mar Mediterráneo en barco. Entraron principalmente por Grecia o Italia, antes de hacerse un camino hasta la «nueva jungla».

Francia, como muchos países europeos, se cuenta entre los más ricos del mundo. Se le podría dar otra solución a esa gente para que tenga un techo, pero así intentan disuadirlos de que vengan. No entienden que no van a lograr nada.

«Así intentan disuadirlos de que vengan. No entienden que no van a lograr nada»

En Eritrea, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) denunció violaciones sistemáticas a los derechos humanos «a una escala raras veces vista en otros lados».Todos los meses, 5.000 personas huyen del régimen de Isaias Afwerki. En Siria, los civiles mueren en los bombardeos del régimen de Bashar al Assad o en manos del grupo yihadista Estado Islámico. Desde los inicios de la guerra civil en 2011, más de cuatro millones de personas dejaron el país, según la ONU. En Somalia son la ausencia del Estado y otra guerra civil –desde hace más de veinte años– las que dejaron vía libre al terrorismo internacional. El grupo radical islamista Al Shabaab, vinculado a Al Qaeda, es la principal figura de ese avance.

Y esos son sólo algunos ejemplos.

Lo que sea que los migrantes dejan atrás es peor que la idea de poner en riesgo su vida en un viaje de miles de kilómetros y mucho peligro. Una vez en Calais, algunos esperan conseguir el estatuto de refugiados en Francia, aunque son más numerosos los que buscan cruzar el Canal de la Mancha hacia el Reino Unido.

La politóloga Catherine Wihtol de Wenden señala que no sólo el mercado laboral británico es más dinámico –con una tasa de desempleo del 5,4 por ciento contra un 10,2 por ciento en el país galo–, sino que el trabajo en negro es más fácil de conseguir. Entre otros factores, la lengua y los lazos comunitarios también son decisivos en la elección.

Para alcanzar su objetivo, hay migrantes que emprenden la travesía por medios propios –generalmente los más pobres–, mientras que los otros dejan su suerte en manos de alguna red de traficantes. Passeurs (pasadores), como le dicen en Francia.

— ¿Los traficantes son visibles en Calais?
— Por todos lados –dice Georges Gilles, de Salam–. En la ciudad, en la jungla, en las rutas linderas. Los que más se ven son cabecillas que ganan plata vigilando al «ganado», pero cuando un capo está de visita, es otra cosa. Mueven una cantidad astronómica de dinero y andan con autos de lujo. Ayer vi a uno con un Maserati y otro con un Porsche Panamera. Son de la mafia albanesa.

Por entre 6.000 y 10.000 euros, los traficantes llevan a los migrantes en una travesía desde el país de origen hasta su destino final

En una investigación reciente, el diario francés Libération identificó cuatro opciones para cruzar el canal de la Mancha de forma clandestina. La primera es el servicio «todo incluido», la especialidad de los albaneses. Por entre 6.000 y 10.000 euros, llevan a los candidatos en una travesía desde el país de origen hasta su destino final.

La segunda es la del «pasaje garantizado». Se puede conseguir por 1.500 euros y supuestamente «garantiza» alcanzar Inglaterra desde Calais con documentos falsos o a escondidas en algún cargamento.

La tercera es también la más difundida por su atractivo precio de 500 euros. La llaman «sin que se entere el chofer». Consiste en colarse en alguno de los camiones en tránsito sin que haya consenso con quien está al volante. Se hace en los estacionamientos –territorio de los traficantes– donde los vehículos pasan la noche.

La cuarta opción es de los que se las arreglan solos, como Sadik, un hombre pakistaní de 23 años, muerto electrocutado dentro del Eurotúnel en la noche del pasado 13 de julio. O Ahmed Osman, un joven eritreo de 17 años, aplastado por un camión en la terminal británica de Folkestone, el 23 de julio. O Ganet, una mujer eritrea de 23 años, fallecida el último 24 de julio en un choque con un auto en la autopista A16, en dirección a Calais.

En total, doce personas murieron entre enero y agosto de este año al intentar cumplir el sueño británico.

— La problemática no sólo requiere que Francia e Inglaterra se sienten a hablar. La cuestión necesita de una respuesta a nivel europeo –dice Catherine Wihtol de Wenden.
— ¿Cuáles son las perspectivas a futuro?
— «Cada uno por la suya». Negociamos con el Reino Unido, pero estamos contentos si unos cien logran pasar la frontera a escondidas. Es la más absoluta hipocresía.

Atender a las necesidades básicas de un gran número de personas le restó tiempo al voluntario Georges Gilles para desarrollar vínculos más cercanos. Aun así, con su esposa Claudine, siguen recibiendo en su casa a migrantes con los que se hicieron amigos. Tres o cuatro incluso tienen días fijos para ir a comer y tomar una ducha.

Después de la entrevista, como cada día, la asociación Salam les dará la bienvenida a los migrantes que lleguen a la jungla. Gracias a las donaciones que reciben y toda una red solidaria que la asociación fue construyendo con otras ONG, les brindará colchones, frazadas, velas, una carpa, algo de ropa. Es lo que Georges Gilles llama el «kit de supervivencia».

*Foto de portada: © AFP a través de Infobae