Crónica publicada en Revista Sole 

Un grupo de vecinos asesinó a golpes y patadas a un joven que acababa de robar una cartera. Pasó en el barrio rosarino de Azcuénaga, en marzo del año pasado. El linchamiento inauguró una ola de violencia contra supuestos ladrones en varios puntos del país. Esta es la historia del homicidio de David Moreira.

Tribunales 03_Francisco GuillénFoto por Francisco Guillén.

Los vecinos se le venían encima. La sangre le palpitaba en las sienes al ritmo de sus zapatillas en el asfalto. David Moreira había sido un buen jugador de fútbol y aunque ya sólo entraba a la cancha para ver a Rosario Central, sabía lo que era correr. Dobló en la calle Marcos Paz hacia Larrea. A media cuadra de la esquina, frente al Club Amistad y Unión, un grandote le dio una piña que lo mandó al piso. Ese día tocaba partido de Central; entre treinta y cincuenta personas estaban ahí haciendo la previa. A Moreira lo insultaron, lo escupieron, lo golpearon. Un par de veces quiso levantarse. Lo volvieron a tirar al suelo. Le dieron más patadas. Los que pasaban se sumaban a la golpiza, pero eran cuatro o cinco los que no dejaban de pegarle. En un último esfuerzo, Moreira logró ponerse de pie. Corrió apenas unos metros. Lo volvieron a agarrar y de vuelta terminó en el piso. Le patearon la cabeza hasta dejarlo inconsciente. Un hombre flaco y alto lo arrastró de los pelos hasta la esquina de Marcos Paz y Liniers donde el joven había doblado hacia Larrea.

El linchamiento fue el 22 de marzo de 2014 en el barrio rosarino de Azcuénaga y duró quince minutos. En ese plazo, la Central de Emergencias 911 recibió trece pedidos de auxilio de gente que estaba presenciando el homicidio. El móvil policial tardó veinte minutos en llegar y la ambulancia que lo trasladó después al hospital, 45. David fue internado por un severo traumatismo de cráneo con pérdida de masa encefálica. Murió tres días después.

–Le rompieron la cabeza literalmente –dice Norberto Olivares, el abogado de los familiares.

Sin juicio previo, David Moreira fue declarado culpable de robo y ejecutado. Menos de una hora antes, un chico del barrio donde él vivía, Isaías Ducca, lo había pasado a buscar por su casa en moto. Habían dado unas vueltas hasta encontrar a alguien que les pareciera un blanco fácil. Fue una mujer: Agustina Morello. Caminaba por la calle Liniers con la cartera en un brazo y su hija de dos años en el otro. Moreira se bajó. Forcejeó con ella hasta que se cortó una de las tiras, logró sacarle el bolso y se lo dio a Ducca, que manejaba. Adentro había una billetera con doscientos pesos en efectivo, la cédula del documento, tarjetas de crédito, un cambiador, pañales y unas zapatillas para la nena. Los gritos alertaron a los vecinos, que salieron a la vereda justo cuando una chata blanca empujó la moto, que cayó al piso. Los dos chicos se fueron corriendo. Ducca agarró para un lado; tenía la cartera. Moreira arrancó en el sentido contrario. Llevaba un buzo blanco con capucha, una bermuda de malla color azul y zapatillas Nike celestes. Después de eso Agustina Morello, ya sin su bolso, fue a dejar a su hija en el salón de fiestas donde tenía un cumpleaños. Pasaron pocos minutos. Cuando volvió, reconoció al chico que le había robado por su ropa. Estaba tirado en la esquina de Marcos Paz y Liniers. Habían arrastrado la moto de Ducca y se la habían tirado al lado.

David Moreira terminó en el hospital, solo. A su mama, Lorena Torres, nadie le avisó que estaba internado. Ella fue quien lo buscó: aún con dieciocho años, su hijo no era de cambiar de planes sin mandarle un mensaje y, ya que no aparecía, algo le debía haber pasado. No se pudo comunicar con la comisaria 12 a la que llamó primero. Cuando logró hablar con la 14, le dijeron que un chico NN había sido trasladado al Hospital de Emergencias Dr. Clemente Álvarez (HECA). Un paciente recién ingresado correspondía a la descripción física que les había dado. Dejó su casa, donde lo había visto por última vez un par de horas más temprano, y se fue para el hospital con un vecino que se había ofrecido a llevarla. Cuando el NN salió finalmente del quirófano, el padre de David, Alberto Moreira, fue autorizado a entrar en la sala de terapia intensiva. Se quedó mirando al chico tendido en la camilla. No le pudo reconocer la cara –estaba desfigurado– pero sí el tatuaje que tenía arriba del tobillo con las tres iniciales de los nombres de sus hermanos: MTE.

Después del homicidio de David Moreira, los episodios de violencia contra supuestos ladrones crecieron en espiral y con un registro federal: buena parte de las provincias parecían tener el suyo. En Córdoba, acusaron y golpearon a un hombre que intentó robarle la mochila a una niña de doce años. En La Rioja, a un joven que asaltó un kiosco y agredió a una anciana. En Buenos Aires, a un carterista que le arrebató un reloj a una extranjera. También hubo golpizas en General Roca, Río Negro. Otra en Garupá, Misiones. Varias más en Catamarca, Mendoza y Santa Fe. Es imposible hacer un recuento exacto pero, en los primeros días de abril, los medios de comunicación registraban una docena de casos de justicia por mano propia.

El Papa Francisco escribió entonces: «Me acordé de Jesús ¿Qué diría si estuviera de árbitro allí? El que esté sin pecado que dé la primera patada». La Presidenta Cristina Fernández habló por cadena nacional: «Cuando alguien siente que su vida para el resto de la sociedad no vale dos pesos, no podemos reclamar que la vida de los demás valga para él más de dos pesos». El secretario de Seguridad de la Nación, Sergio Berni, cargó contra la justicia: «El ochenta por ciento de las detenciones no llegan a juicio». El gobernador bonaerense, Daniel Scioli, decretó la «emergencia de seguridad» en la provincia.

Miles de ciudadanos se expresaron a través de las redes sociales. Crearon páginas de Facebook como «Linchemos a los chorros» o «Yo apoyo la Justicia popular». En el de «Indignados Barrio Azcuénaga» –el lugar donde lincharon a Moreira– la administradora del grupo publicó: «FELICITO A CADA UNO DE MIS VECINOS, ARGULLOSA (sic) DE MI BARRIO, LA PROXIMA LES CORTAMOS LAS MANOS EN LA PLAZA ADELANTE DE TODOS, COMO EN LA EPOCA MEDIEVAL». Los portales de noticias que tenían habilitados los comentarios de lectores se convirtieron en plataformas para descargar el odio.

Otras voces se alzaron en repudio a los linchamientos. En los medios hablaron historiadores, sociólogos, psicólogos, criminólogos y hasta el Premio Nobel de Paz Adolfo Pérez Esquivel. La Asociación Pensamiento Penal –una ong conformada por funcionarios de la justicia y abogados– lanzó la campaña #NoCuentenConmigo. La iniciativa difundida en las redes sociales llegó a contabilizar casi trece mil adherentes en una semana.

***

«Fuiste una excelente persona, buen hijo, buen hermano, buen amigo, vivirás eternamente en nuestros corazones», pintaron los militantes del colectivo Arte por La Libertad en la esquina donde vivía David. Su amigo Matías González ya había visto algunos de esos murales en homenaje a los pibes del barrio. Nunca se había imaginado que uno de ellos tendría el nombre del que quería como a un hermano. Cuando lo inauguraron el año pasado, amigos, familiares y vecinos se juntaron para soltar dieciocho globos, por los dieciocho años que David tenía cuando fue asesinado y les ataron mensajes que se volaron con el viento.

–¿Sabes lo que es levantar la copa para Navidad sin él? –dice Matías–. Sólo pensarlo… Mira cómo me pongo.

Se aleja un paso y agacha la cabeza para que no se le vea la cara.

A Matías le llevó tiempo dejar de esperar por las mañanas que su amigo lo viniera a buscar. Trabajaban juntos en la construcción por mil pesos a la semana. Iban a lo del jefe y de ahí los llevaba a la obra de una casa en Roldán. Esa era la rutina. Cuando no tenían qué hacer, pedían prestado un carrito a algún vecino para «changuear en el barrio», y pasaban de casa en casa para sacar escombros o lo que fuera que les diera algo de plata. Muchas otras horas las mataban entre amigos, en la esquina donde ahora está el mural pintado, o «de caravana» los fines de semana, o en la cancha. «Sabía todo de su vida», dice Matías González. Cuando los padres de su amigo «andaban a los roces», él se refugiaba en su casa. Intercambiaban ropa también, como el buzo blanco que a David le quedó manchado con sangre aquel 22 de marzo.

–Lo conocieron como «el chorro linchado» pero no era de ese palo. Lo enganchó el otro bardero. Lo llevó y lo dejó ahí.

De Isaías Ducca se sabe que tenía veinte años en el momento del arrebato. Que manejaba una moto Guerrero 125 c.c. roja –más grande que las que suelen tener los chicos del barrio– y sin patente. Que se entregó a la policía el 3 de abril del año pasado. Que en un juicio abreviado fue sentenciado por ese robo y uno previo –calificado– a dos años y ocho meses de prisión condicional, con restricciones como la de no acercarse a los familiares de David. Que al cumplirse doce meses del linchamiento, fue detenido por robarle otra vez la cartera a una mujer. Lorena Torres sabe algo más: que Ducca estaba en la esquina de su casa, en Pedro Lino Funes y Carrasco, cuando ella salió a preguntar por su hijo el día que fue asesinado. Estaba desesperada, en llanto. Presentía que algo le había pasado. Ducca se quedó ahí callado, como si no supiera nada.

Unos diez años atrás, David Moreira se había mudado con su familia a una casa en el límite entre los barrios Empalme Graneros y Ludueña. Es el tipo de zona postergada donde los centros comunitarios que reciben a los niños para jugar y hacer la tarea, también sirven de velatorio. Adentro del Sagrada Familia pintaron un manzanero con la foto de una persona asesinada en lugar de cada fruta. Entre ellas, está la de Claudio «Pocho» Lepratti, un militante que la policía baleó en los disturbios de 2001 cuando se subió al techo del comedor escolar donde trabajaba, para gritarles que cesaran el fuego. Desde algunos puntos del barrio, se ven las torres altas de Puerto Norte en las barrancas del río Paraná, cerca del centro. Le dicen el Puerto Madero santafecino, como si fuera de escala metropolitana. El megaproyecto urbanístico está a un mundo de las casas obreras y casillas de chapa de este lado de la ciudad.

A unas veinte cuadras de lo de David se ubica Azcuénaga, un barrio de clase media trabajadora con calles arboladas y casas bajas. Muchos jóvenes viven ahí como lo hicieron sus padres y sus abuelos. En el diario rosarino La Capital salió el 23 de noviembre de 2012 la noticia de que «dos jóvenes delincuentes» que huían de la policía, habían recibido una paliza por parte de un grupo de vecinos, en la esquina de las calles Marcos Paz y Liniers. En ese mismo lugar yacía David Moreira, con el cuerpo convulsionado, cuando el móvil policial llegó a las 17.20 del 22 de marzo de 2014.

–La actitud de los vecinos ha sido de lo más diversa –dice Norberto Olivares, el abogado querellante.

Y explica que el bloque mayoritario quiso salir de cacería. Un grupo minoritario se mantuvo indiferente, pasivo. Y otro no admitió el linchamiento. Ellos fueron los que aportaron pruebas. El único video agregado a la causa es de un vecino.

La filmación de diez segundos es de la parte final del linchamiento que duró unos quince minutos ininterrumpidos. En las imágenes grabadas con un celular, se ve a David en el piso. Uno de los dos muchachos que lo atacan, tiene la cara tapada. El otro le grita: «¡Dale guacho! ¡Dale guacho! ¡Quédate ahí!», mientras le patea la cabeza. Nahuel Pérez y Gerardo Gutiérrez, de veintitrés y veintiocho años, serían los que aparecen en ese video. A seis meses del asesinato, ambos sospechosos fueron detenidos por las Tropas de Operaciones Especiales en el marco de una serie de allanamientos.

Es 24 de septiembre de 2014. El fiscal de la causa, Florentino Malaponte, acaba de solicitar en una audiencia la imputación de Pérez y Gutiérrez por homicidio agravado por ensañamiento y alevosía. En caso de ser comprobado, la pena que les corresponde sería prisión perpetua.

–Hay ensañamiento porque durante un lapso de tiempo lo golpean sistemáticamente y son los golpes los que le provocan la muerte –dice Olivares–. Y hay alevosía porque hay aprovechamiento de una desproporción física y numérica.

En esa misma audiencia la jueza Roxana Bernardelli dicta la prisión preventiva por cuarenta días a los sospechosos tras negarles el pedido de excarcelación. Apenas unas horas más tarde, los vecinos de Azcuénaga se congregan en la esquina de Mendoza y Liniers para pedir por la liberación de los detenidos. Entre los manifestantes, una joven de 28 años –no quiere dar su nombre– cuenta que nació en el barrio y lo vio transformarse. Cuando vuelve de trabajar a la noche, y aunque el colectivo la deje a dos cuadras de su casa, apura el paso para llegar lo antes posible. Se acostumbró a andar sin celular para no tener que entregarlo en caso de ser asaltada.

–Tenemos la seccional 14 a veinte cuadras. Vos llamas y te dicen «no tengo nafta» o «se pinchó una rueda». Estás re mil expuesto. Como al negro –señala a un amigo–, se le metieron en la casa con las criaturas. Es cosa de todos los días.

–Era una maravilla este barrio. Podíamos salir a la puerta –agrega un hombre mayor.

–¿Cuál es su nombre?

–No, no. No quiero tener problemas con nadie. Desgraciadamente de poquito a poquito, se fue filtrando esa gente, que la mayoría vinieron del norte a instalar su ranchito. Yo no discrimino a nadie, eh.

–¿Del norte?

–Del chaco, de ahí del norte. Se fueron instalando sucesivamente. Principalmente sobre las vías de tren porque nunca se preocuparon de tener algo. Nunca se preocuparon de aprender un oficio. Si vos les das una pala, no saben usarla.

Alrededor de las 20, los vecinos indignados ya suman unas doscientas personas. Hacen palmas. Algunos agitan carteles. Otros, que tienen el auto estacionado, tocan bocina. Los periodistas que cubren el evento son pocos y a cualquiera de ellos que haga una pregunta, le responden entre todos.

–Son inocentes. Gente de familia bien, sin antecedentes –dice una mujer.

–Gente que sale a trabajar antes que ir a robar –la interrumpe otra.

–Hicieron allanamientos como si fuéramos delincuentes, con bazucas y armas de guerra.

–¡No somos asesinos!

–A ellos les defienden los derechos humanos. Y a nosotros, ¿quién nos defiende? –pregunta un hombre de unos cincuenta años–. Salen con un revólver. Te la ponen o pierden ellos. Perdió él esta vez.

–¡Estamos hartos!

–¡Se-guridad! ¡Se-guridad! ¡Se-guridad! –grita la turba.

Cuando llega Alberto Furfari, el periodista de Canal 5 de Rosario, los manifestantes se estrechan alrededor de él. Mientras interpelan al cronista, una mujer se acerca llorando. La acaban de asaltar con una pistola de camino a la protesta.

–Y después nos dicen que no hay que matarlos pero ¡hay que matarlos a todos! –grita un hombre fuera de sí.

Azcuénaga 01_Francisco GuillénFoto por Francisco Guillén.

Los homicidios cometidos en el departamento de Rosario –que comprende a la ciudad y sus alrededores– se duplicaron en tres años: eran 124 en 2010 y ascendieron a 264 en 2013. Sólo en el municipio rosarino, se registraron el año pasado veintiún asesinatos por cada cien mil habitantes, muy por encima de la media nacional de unos cinco y medio. Según Enrique Font, titular de la cátedra de Criminología de la Universidad Nacional de Rosario y exsecretario de Seguridad Comunitaria de la Provincia, los homicidios no están repartidos de manera homogénea en términos de clase, edad o sexo, ni en términos geográficos. Se concentran entre jóvenes varones de los sectores populares; no afectan particularmente a la «potencial turba linchadora», como la llama, pero sí impactan la percepción de inseguridad.

–Es inevitable que haya un cambio de percepción cuando vos estás contando muertos todos los días –dice el experto.

Y explica que a ello se suma un fuerte crecimiento de la «criminalidad urbana predatoria» y su amplificación por parte de los medios de comunicación. Se refiere a delitos menores como los arrebatos, los robos de objetos en vehículos vacíos y los ‘escruches’ –hechos cometidos en viviendas cuando sus habitantes no están.

A Rosario le dicen la «Chicago argentina», un apodo que se ganó en las décadas del veinte y treinta cuando mandaba la mafia. El nombre se reflotó apenas las bandas narcos volvieron a la tapa de los diarios, como pasó en 2012. El 1 de enero, tres militantes del Frente Darío Santillán habían sido baleados por narcos vinculados a la barra brava de Newell’s, en el llamado triple crimen de Villa Moreno. Ese mismo año terminó con la dimisión del exjefe de la Policía santafesina, Hugo Tognoli, actualmente imputado por encubrimiento y amenazas en el marco de una causa por tráfico de drogas.

Luego de varios escándalos, la trama de corrupción policial quedó al descubierto con la mega-causa judicial de la banda de Los Monos –que maneja la droga en la zona sur y oeste de la ciudad– en la que trece de los 36 procesados son uniformados de distintas fuerzas de seguridad. El primer juez que tuvo la causa, Juan Carlos Vienna, se excusó. Alegó ser víctima de «violencia moral», pero algunos medios señalaron como el verdadero motivo la difusión de una foto del magistrado junto al padre del narcotraficante Martín «Fantasma» Paz durante una pelea de boxeo en Estados Unidos.

Para Enrique Font, ni los homicidios, ni el aumento del delito, ni la corrupción policial explican, menos justifican, que una turba enardecida le patee la cabeza a un supuesto ladrón hasta causarle la muerte, pero sí genera un contexto propicio para que eso suceda.

En la manifestación de los vecinos indignados de Azcuénaga hay dos integrantes de la asociación Vecinos de Pie, que reclama por la inseguridad en distintos barrios de Rosario. Vinieron sin carteles ni banderas, por respeto a los demás compañeros del grupo que no comparten la consigna.

–Nosotras tampoco estamos de acuerdo con el linchamiento pero esto no puede seguir así –dice Marcela Gartich, miembro de la organización.

La mujer que la acompaña, Patricia Mugas, cuenta que su familia quedó destrozada después de que mataran a su cuñado. Según ella, el joven que lo asesinó en el 2009 tenía antecedentes penales. Recobró la libertad tras cumplir seis meses de una condena a tres años y medio. Al poco tiempo de salir de prisión, murió en una riña.

–Fue justicia divina. El último consuelo que nos queda es que ese tipo no va a matar más a nadie. Acá siento el ángel y el demonio –dice mientras se toca el pecho–. Sé por cómo me educaron que esto no debería pasar pero a mí me sacaron a mi cuñado. Un hombre que mató ya no tiene vuelta atrás. Se tendría que morir en la cárcel, no en manos nuestras.

Tribunales 01_Francisco GuillénFoto por Francisco Guillén.

Justo después de que se cumplieran seis meses de la muerte de David, el 26 de septiembre, los familiares del joven estuvieron en la Plaza del Foro, frente a los Tribunales provinciales. Ahí, los escritores y artistas nucleados en La Feria del Libro Independiente Autogestivo (FLIA) habían convocado a una feria «de emergencia». La idea era visibilizar la causa que a principios de la semana parecía no tener todavía avances significativos. La que daba las entrevistas era la madre.

–¿Cómo te sentiste luego de la imputación de dos sospechosos en el asesinato de tu hijo?

–Sentí un poco de alivio. Sentí que había una esperanza en todo esto, que se podía encontrar a los culpables y que iban a pagar por lo que hicieron.

Lorena Torres habla con voz pausada y ademanes medidos. El pelo de color negro –que lleva suelto– resalta las marcas de cansancio en su rostro. Dice que su fortaleza la busca en Dios y en «esa personita que ya no está», como lo llama a David.

–Recién ahora, después de seis meses, nos estamos dando cuenta de que esto no tiene solución, de que él no va a estar más. Y nos cuesta a todos.

Ciertos lugares se les volvieron imposibles de recorrer. Dejaron de ir al Parque Independencia, donde solían pasar días en familia. Hasta vendieron la casa de Empalme Graneros donde el recuerdo era constante. A Lorena le parecía que en cualquier momento su hijo iba a golpear la puerta. Los hermanos con quien David compartía su habitación desocuparon el cuarto y las cosas del joven asesinado fueron guardadas como para un museo.

David Moreira era un pilar para la familia. La plata que ganaba la dejaba en un cajón, en el ropero de su madre. Ella podía sacar de ahí lo que hiciera falta. A los dieciséis años había entrado a la fábrica de zapatos donde trabajaba su tío Gastón. Limpiaba los cueros con «unos líquidos especiales», le decía a Lorena. Después, fue aprendiendo a cortar las suelas y otras tareas que le exigían más tiempo. Su madre insistió para que no dejara de estudiar, pero David prefería ganarse la vida que ir a la escuela. Dejó el secundario después de tres años y le prometió terminar más adelante. Cuando la fábrica tuvo que cerrar por un tiempo, el joven siguió con las changas, las obras de construcción y la heladería en la que trabajaba los fines de semana.

–A pesar de sus dieciocho años era un chico bastante maduro. Era más que un hijo, era un compañero, un amigo. Siempre tenía una palabra justa. Jamás, estando con él, podía estar triste o preocupada por algo. Era de esas personas que te ponía la pava, te sentaba a tomar un mate y te sacaba una sonrisa.

Para Lorena Torres, David era el que apartaba comida para quienes no podían comprarla. Lo había visto hacerlo más de una vez cuando la ayudaba con el almacén que tenían armado en el garaje de la casa. Era el chico que llevaba a sus hermanos a la escuela los días de lluvia que no podía ir a trabajar a la obra. Pero para Agustina Morello, David era el desconocido que le arrebató la cartera mientras llevaba su hija de dos años a un cumpleaños. Y para muchos de los que estaban ahí ese día y le rompieron la cabeza, era el enemigo.

Que David Moreira haya sido una «excelente persona, buen hijo, buen hermano, buen amigo», como dice el mural que hicieron en su homenaje, no cambia el hecho de que haya robado. Aunque por lo que se desprende del relato de sus familiares y amigos, más la ausencia de antecedentes penales, es posible que esa haya sido su primera vez.

–Este tipo de criminalidad, de gente muy joven, en general en una situación de inclusión o exclusión muy tensionada, tiene mucha fluctuación –dice el criminólogo Enrique Font–. Entonces, a veces se delinque pero a veces se trabaja. Se entra al delito y se sale.

Además, explica que quienes terminan siendo victimas en el contexto de un linchamiento actúan de manera muy poco profesional, desorganizada y, sobre todo, simbólica: no generan dinero sino que construyen identidad. Por otro lado, el uso de la fuerza es racional e instrumental, «lo necesario para llevarse lo que se quieren llevar».

–Hay reglas. No vale de cualquier manera. Esto es interesante porque ahí hay un paralelo entre la víctima y su futuro victimario, donde ninguno siente que está haciendo más daño del que estaría justificado hacer.

Cuando el abogado Norberto Olivares tomó el caso, le pidió a la mamá de David que le contara todo, hasta el menor detalle. Ella recordó lo que un compañero de trabajo le había dicho a su cuñado. El hombre estaba seguro de haber identificado al chico con la cara tapada en el video del linchamiento. Dio un nombre: Nahuel. Como ninguna persona con ese nombre aparecía en las actuaciones, Olivares aprovechó la última feria judicial para investigar en las redes sociales. Revisó entre 100 y 150 perfiles de Facebook hasta que dio con un joven que le levantó sospechas. En varias de las fotos de acceso público, se lo veía vestido con una remera con estampado, unas bermudas de jean y unas zapatillas altas blancas, similares a las del día que ultimaron a David. En la sección de «amigos», el abogado encontró vínculos con otros de los que ya estaban bajo la lupa de la Fiscalía.

Esa información cruzada con las declaraciones de varios testigos presenciales y escuchas telefónicas, resultó a finales de septiembre de 2014 en la detención de Nahuel Pérez, además de la de Gerardo Gutiérrez. En los allanamientos que se realizaron por esos días, fueron secuestrados prendas de ropa y calzado, computadoras, teléfonos y tablets que fueron sometidos a pericias. Se esperaba encontrar, entre otros elementos, un video del linchamiento de mayor duración que el que ya se conoce de diez segundos, aunque eso finalmente no sucedió. En el plazo de cuarenta días de prisión preventiva que les fue dictado a los sospechosos, estaban también previstas una reconstrucción de los hechos en el barrio Azcuénaga –que no se hizo– y una rueda de reconocimiento que tuvo resultado negativo.

–Eso fue por temor. Sabemos de amenazas que hubo en el barrio para callar a la gente –dice Norberto Olivares.

Según el abogado, el análisis minucioso que hizo de las redes sociales dejó en evidencia el nexo entre los detenidos, integrantes del grupo «Indignados Barrio Azcuénaga» –que cobró identidad en Facebook con mensajes claramente a favor del linchamiento– y también algunos miembros de la Comisión Directiva del Club Amistad y Unión.

–Esa es la estructura de agrupamiento y pensamiento –dice Olivares–. Esa gente es la misma que está trabajando toda una campaña para que dejen a los imputados en libertad. Para ellos, David Moreira está bien muerto y sus asesinos tendrían que ser condecorados porque lo que hicieron no lo hace el Estado.

El abogado querellante citó a declarar a Roxana Debernardi, concesionaria del buffet de club desde hace unos diez años. Cuando le preguntó por la gente que estaba reunida en la vereda el día del linchamiento, dijo que el horario de apertura del local era a las 18 –el homicidio se cometió alrededor de las 17–, que ella se había metido adentro y no había visto a ninguno de los que estaban en la calle.

–Se hizo olímpicamente la distraída. Los conoce a todos esos pibes –dice Olivares–. Son habitués. Festejan cumpleaños, comen asados, juegan al futbol. Tiene de amigos en Facebook a toda esa bandita que fue, en definitiva, la que provocó el asesinato.

La hermana de Roxana, «Belu» Debernardi, trabaja con ella. Además, es amiga de Romina Gabrielli, vocera titular de la Comisión Directiva del club y parte activa en la campaña para la liberación de los imputados. En uno de los tantos mensajes que se difundieron en Internet y que Norberto Olivares tiene guardado, Romina reivindica el derecho a amputar a los ladrones al igual que en otros países.

Según Enrique Font, en la turba de clase media o trabajadora que ataca, entran en juego tensiones sociales que la ubican en un lugar donde el deseo de castigo hacia el otro, de «punitividad», es muy fuerte.

–El nivel de inclusión es más débil de lo que parece e implica un gran nivel de esfuerzo: levantarse temprano, trabajar todos los días y traer poca plata a casa –dice el criminólogo–. Ahí se empieza a explicar el sector potencialmente linchador, que ve del otro lado una meritocracia invertida. No porque desee estar viviendo en una villa, sino porque piensa que el que está ahí se está llevando cosas «de arriba». En su visión, son unos negros hijos de puta que están meta cumbia y merca todo el día, con una sexualidad descontrolada. «Total tienen los Planes».

A finales de 2014, el rumbo de la causa por el linchamiento se empezó a torcer a favor de los imputados. El fiscal Florentino Malaponte decidió que se modificara la calificación de homicidio agravado a homicidio en riña, con penas de dos a seis años en lugar de una eventual condena a prisión perpetua. El principal motivo fue que no se pueda determinar quién le había dado el golpe mortal a Moreira. El abogado querellante Norberto Olivares rechazó la nueva caratula ya que, según él, no hubo ninguna novedad en la causa que habilitara el cambio. Ahora le corresponde al fiscal regional, Jorge Baclini, resolver la figura penal con la que los acusados podrían ser llevados a juicio. Pero antes de tomar una decisión, pidió que se avanzara con medidas probatorias. Los resultados se conocerán en las próximas semanas.

Para Olivares, el contexto político tuvo un impacto cierto sobre cómo evolucionó la causa. En 2015 se votará, entre otros, el gobernador y el vice, en las elecciones generales provinciales.

–En el menú electoral se va a elegir al que personifique la tolerancia cero. Entonces no quieren aparecer imputando por delito grave a gente de un sector social en disputa. No quieren poner en el banquillo a la clase media.

Pocos días antes de que se cumpliera un año del asesinato de David Moreira, también fue revocada la prisión preventiva domiciliaria ordenada unos meses antes contra los imputados. No significa que hayan sido desvinculados de la causa, simplemente se beneficiaron de un error técnico.

Nahuel Pérez y Gerardo Gutiérrez están libres.

–No puedo dejar de preguntarme por qué –dice Lorena Torres–. ¿Por qué se ensañaron tanto contra mi hijo? Fue horroroso cómo quedó David. Siempre pensé que si no podíamos llegar a ninguna justicia me quedaba el consuelo de saber que esas personas nunca iban a poder descansar en paz.

Luego de ser confirmada la muerte cerebral, el médico le pidió a los padres que decidieran si querían donar los órganos de David. Les dijo que tuvieran en cuenta lo que su hijo hubiera deseado. Gracias a eso, siete personas que estaban en lista de espera recibieron un trasplante. La autopsia posterior confirmó que el politraumatismo craneal –los golpes y las patadas que recibió en la cabeza– había sido la causa de una lesión encefálica irreversible. David Moreira fue sepultado en el cementerio rosarino La Piedad.

La tumba de David es sencilla. Tiene una capillita blanca en un extremo, con flores de muchos colores adentro y ofrendas: una botellita de Fernet, un cenicero de madera tallada, otro con cigarrillos, dibujitos hechos a mano y varios escudos de Rosario Central. Él siempre llevaba encima algo que le recordara a su equipo favorito. Los cuatro primeros meses después del entierro, Lorena iba varias veces por semana a sentarse al lado de la tumba y compartir «las tardecitas de mate» a la que su hijo nunca había faltado.

Antes, el Día del Niño era salir a la mañana para ir al parque, llevarse el picnic y volver recién a la noche. David jugaba con sus hermanos como si fuera un chico más. El último Día que se celebró, toda la familia lo pasó en el cementerio. Pero con el correr del tiempo, Lorena entendió que no encontraría allí la paz que estaba buscando.

*Foto de portada: gentileza © Francisco Guillén