Publicado en Notas 

El pasado 7 de enero a la mañana, día del atentado a Charlie Hebdo, el sociólogo francés y director del Observatorio de Religión en Aix-en-Provence, Raphaël Liogier, se encontraba con periodistas. La reunión convocada por el socialista Jean Louis Bianco se centraba en qué decir y no decir en televisión respecto de un tema ya considerado como sensible: el Islam. «Estábamos todos bastante satisfechos», recuerda Liogier que chocó con la realidad del atentado cuando salió. De camino al subte, dio sus primer entrevistas por teléfono. Poco tiempo después, fue invitado a exponer en la comisión de investigación sobre la vigilancia de las redes yihadistas, en la Asamblea Nacional.

El también autor de los libros «El mito de la Islamización” y “Ese populismo que viene», habló con Notas sobre las últimas decisiones del gobierno en materia de lucha contra el terrorismo, los mecanismos que conducen a algunas personas a convertirse en yihadistas, los prejuicios que existen contra los musulmanes como potenciales enemigos y la relación del Islam con la laicidad.

–Hace unos días, el primer ministro francés, Manuel Valls, anunció una serie de medidas antiterroristas que incluyen una mayor vigilancia a los sospechados de ser yihadistas. ¿Qué opinión amerita el enfoque que le está dando?

–Me parece equivocado. Valls está sumergido en el mito de la islamización, en la idea de que el terrorismo yihadista es la expresión extrema de una tendencia que existe en el propio Islam. Vivimos en un clima de sospecha. El árabe es sospechoso de ser musulmán. El musulmán es sospechoso de ser islamista. El islamista, de ser islamista radical. El islamista radical, de ser salafista y el salafista, yihadista. Con tanta confusión, se pierde eficiencia.

Lo que propone el gobierno es igual a lo que viene haciendo desde hace diez años y no funcionó. Los yihadistas de ahora no atraviesan más un proceso de radicalización como lo hacían en los años 90, mediante la lectura de textos, por ejemplo. Utilizan eslóganes del yihad y saltan a ello, algunos sin pasar ni por la mezquita. Mientras tanto, el foco sigue puesto en los musulmanes como si fuera un problema comunitario.

–Si no transitan ese proceso de radicalización, ¿qué otros mecanismos les lleva entonces a ser yihadistas?

– Tres fenómenos concomitantes son necesarios. No alcanza con sólo uno de ellos.

El primero es la puesta en escena populista de una guerra identitaria general, con cuatro actores principales. Uno es el pueblo agredido en sus valores, los que se dicen «verdaderos franceses». Otro es el héroe dispuesto a defenderlos. Es el caso de los políticos demagogos –Manuel Valls, por ejemplo–. Otro más es el enemigo, el musulmán fundamentalista, el yihadista potencial. Y por último, están los traidores. Son los multiculturalistas, los «bobo», como les llamamos aquí [nota de la redacción: burgués bohemio], los periodistas y demás.

Como segundo fenómeno, tiene que haber individuos en una situación de completa «desocialización», incluso respecto de su comunidad o familia. La ausencia del padre, simbólica o real, también es clave. Suelen tener una vida caótica en muchos aspectos. Viven con un sentimiento de humillación mezclado con el deseo de ser viril. Lo importante en el yihadismo es ser un hombre de acción en la guerra –sin importar qué guerra– y convertir los fracasos y sueños perdidos en algo positivo y heroico.

El tercer fenómeno es la mutación del yihadismo que mencionamos anteriormente. Las organizaciones de ahora funcionan como marcas y compiten entre ellas en pos de ganar cuotas en el mercado del terror. Para cobrar importancia a nivel global necesitan que gente reivindique su bandera. Y esa gente necesita de una bandera para mediatizar sus frustraciones. Ser musulmán no es la cuestión. De hecho, muchos se convierten a posteriori. El Islam es parte del arsenal, nada más.

–Al igual que en Francia con los musulmanes, todas las sociedades parecen tener un supuesto enemigo interno al que combatir.

– No todas. En las sociedades que no están en un proceso de globalización –las tribales, por ejemplo– el enemigo está fuera de las fronteras. Fue el caso de los griegos que los llamaban bárbaros a los persas. El bárbaro es el salvaje. Algunas tribus incluso le dicen «no humano». Definen su identidad –el «nosotros» – a través del «no nosotros».

En las sociedades en un proceso de globalización, las fronteras son tan porosas, que no se logra encontrar ese «no-nosotros» fuera de ellas y se busca a una multitud de enemigos adentro. Crece la inseguridad y el miedo a que la identidad se disuelva. Y cuanto más frágil es una sociedad –porque tiene el sentimiento de no ser más lo que era, o lo que soñó ser– más virulentos pueden llegar a ser sus enemigos.

–¿De qué proceso resulta la construcción de ese supuesto enemigo en el caso particular de Europa?

– Europa fue el centro de gravedad de la humanidad. Todo giraba en torno a ella, mediante una relación de admiración u odio o, muchas veces, ambas a la vez. Hasta los propios islamistas yihadistas de principios de los ‘80 se inspiraron en las lecturas de Marx y Heidegger sobre el desarraigo, la crítica de la sociedad de consumo, y demás.

Aún después de que Estados Unidos le llevara ventaja, Europa mantuvo una posición fuerte como «psicoanalista global». Por un lado, estaba el paternalismo de los estadounidenses que cuidaban del orden mundial. Por el otro, el tercer mundo infantilizado. Mientras que Europa daba lecciones de moral a todos, con un toque «humanitario» y de «sabiduría».

Finalmente, en los años 2000, Europa perdió hasta ese lugar de psicoanalista. Con la guerra en Irak, Estados Unidos dejo en claro de que no necesitaba más de ella. Entonces, surgieron debates en todo el viejo continente sobre la identidad nacional, la incapacidad a unirse, federarse, lo que generó por lo tanto una gran fragilidad y una verdadera lastimadura narcisista.

–Los detractores del Islam suelen denunciar una discrepancia con la laicidad. ¿Qué legitimidad tiene esa crítica?

–El Islam original –tal como se practicaba en la época del profeta– no es compatible con la laicidad. Tampoco lo era el cristianismo, ni el judaísmo. Pero hubo cambios y de la misma manera que esas religiones son ahora compatibles con la laicidad, también lo es el Islam. Es lo único que se puede decir al respecto. Punto.

El problema es que la laicidad pasó a formar parte del patrimonio nacional, al igual que el castillo de Versalles –un lugar que se visita pero en el que nadie vive–. Perdió su significado. Se volvió un instrumento de higiene cultural y de guerra de civilización. Esa es la laicidad que defiende Marine le Pen, como si se tratara de la virginidad de Juana de Arco o el jarrón de Soissons [nota de la redacción: mitos fundacionales de la historia francesa].

–¿Cuál es ese significado del que se vació la laicidad?

–La ley de 1905 –a la que se refiere como «ley de la laicidad», aunque la palabra no existía en ese momento– establece principios clave. Uno de ellos es la libertad de culto, ya que antes de esa fecha el catolicismo beneficiaba de un trato de favor. ¿Qué dice la ley? Modernidad. Significa: multitud de modos de vivir en un mismo espacio social. Es la libertad de expresión de todas las ideas en igualdad de condiciones.

El segundo principio es la separación de las organizaciones religiosas y del Estado que rige el conjunto de los ciudadanos. No significa separar lo religioso del Estado. De hecho, nada prohíbe que los programas políticos estén inspirados en la fe, como es el caso de los partidos demócratas cristianos. Por otro lado, y pese a esa separación, la ley permite al Estado financiar lugares de culto si estuvieran en condiciones insalubres.

Un tercer principio es el de la famosa neutralidad, como resultado de la jurisprudencia administrativa, especialmente las decisiones del Consejo de Estado. Aunque no haya estado en la ley de 1905, es parte autentica de la laicidad. Hoy se habla de «neutralidad del espacio público». En realidad es todo lo contrario: se trata de la neutralidad de los agentes del Estado para garantizar la diversidad en el espacio público, o sea una mayor libertad de expresión.